
Vivimos en una sociedad que cada día se encuentra más tecnificada, de forma que el conjunto de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) forman parte habitual y cotidiana de nuestra cultura y de la realidad con la que diariamente convivimos.
De esta forma, mediante dispositivos diversos (ordenadores, teléfonos, tabletas, relojes…) y diferentes aplicaciones informáticas, hoy en día nos es posible acceder a una amplia gama de servicios -fundamentalmente a través de las redes de telecomunicaciones- que nos permiten mejorar las tareas que tenemos que desarrollar, tanto en nuestra vida personal como profesional.
El gran impacto que estas tecnologías tienen en todos los ámbitos de nuestra vida hace que cada día nos resulte más difícil prescindir de ellas, aunque los continuos avances que se producen en este campo provocan, sin embargo, una rápida obsolescencia de nuestros conocimientos que, en cortos periodos de tiempo, quedan atrasados por la aparición de nuevas tecnologías.
Pero, para que todos estos dispositivos funcionen, ya sean los actuales o los futuros, se requiere de aplicaciones informáticas que los “doten de vida”. Por ello, el mundo de la programación está adquiriendo cada día más relevancia, no solo por el innegable peso que este sector tiene en la economía de las sociedades desarrolladas; sino porque, como indicó Mitchel Resnick, creador de la plataforma de programación Scratch, “en el proceso de aprender a programar, las personas aprenden otras muchas cosas, tales como estrategias para solucionar problemas, diseñar proyectos y comunicar ideas”.