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ACLARANDO EL DÍA

INTRODUCCIÓN
Por Noviembre del 2003 acepté una propuesta de Lucas López SJ, director general de la Fundación titular de Radio Ecca: decir «Buenos días, Canarias» a través de la radio un día a la semana. La radio empezaba muy de mañana sus emisiones con tres minutos de reflexión que integraban lo que se tituló «Aclarando el día».
Pasado un tiempo escribí a Lucas: «Pienso editar un libro con los «Aclarandos». Me gustan, como cada cual gusta de lo propio; además, gracias a ellos, en una grata y especial rutina a lo largo de muchos meses, he tenido la sensación de ser habitado semanalmente; una habitación modesta, para andar por casa; pero cuando se trata del Espíritu de Jesús no hay modestia que lo desluzca ni recorte; y esa sensación en algún modo te la debo a ti. Gracias.»
A lo largo de los años me he dejado llevar por la rutina y sigo dócil a la inhabitación modesta y gratuita del Espíritu de Jesús (in-habitación, no lo contrario de habitar sino habitar dentro; rutina, cariñoso diminutivo de ruta, pequeñina expresión del camino; Camino, no el que equivocó un cura insólito sino el que, junto a la Verdad y a la Vida, se llama Jesús de Nazaret).
Siento ganas de escribir aquí el nombre de mi padre, Luis Cobiella Zaera: es el modo de decirle «gracias». En este libro reitero estas «gracias» y digo que no supe con detalle cómo era su religión, de la que nunca me habló directamente, salvo dos cuestiones por las que sentía debilidad: san Francisco de Asís y las Reducciones jesuitas en América del Sur; por el contrario siempre supe su amor por Jesús de Nazaret que compartió conmigo cotidianamente: era una época en que no se vendían los Evangelios a los niños en las librerías católicas, para acceder a ellos los jóvenes de pocos años debían tener algún permiso; mi padre me los acercó. También escuchó mis impresiones infantiles ante la lectura, en francés y a escondidas, de «La vie de Jésus» de Renan. Sin su ayuda la educación religiosa de entonces me hubiese conducido al agnosticismo encubierto de buena parte de mis compañeros de quince cursos de Religión; y no recuerdo que en ese tiempo algún increyente dejara de serlo.
Cada uno de estos «Aclarandos» concluyen en Jesús; Jesús es constante referencia de cuanto en ellos se dice, referencia que pudiera parecer obsesiva si no respondiera a una dilección sentida con plácida naturalidad: una normal tendencia a la verdad y la vida me encamina a Jesús.
En los años setenta Concha contactó con José María Díez Alegría. A partir de entonces estuvo en casa con nosotros en varias ocasiones; nos dejó el paradigma de la fe en Jesús tal como lo necesitábamos: decía: «el nivel más radical de la fe no es la afirmación de verdades conceptuales, sino la aceptación de la persona de Cristo». Gracias, José María.
El impulso a dar las gracias nace de la sensación de haber sido regalado, de ser amado gratuitamente, por lo que tal vez no sea redundancia dar gracias a la Gracia. La gracia me custodia, como un ángel, con el nombre de Concha, ya va para cincuenta años.
Doy las gracias a Jesús, única y suficiente gracia. Y aquí opera mi irredenta tendencia a la coherencia: tengo que decir, «decirme», quién es Jesús para poder darle gracias. «¿Quién dice la gente que soy Yo? la pregunta es ésa, «¿quién soy?» ¿Yo? Habría de comenzar respondiendo quién soy yo, lo que anticipa que la respuesta será confusa y, por lo pronto, incompleta. Soy un Jesús minorado y Jesús es un Luis expandido; de esa mutua proyección resulta una mismidad inexplicable e insoslayable. El resto de las respuestas están en las trescientas semanas que siguen.
Finalmente, gracias a la Iglesia; no porque bajo su influjo fuera temporalmente prohibido el más profundo y bello soneto de amor: No me mueve, mi Dios, para quererte, sino porque bajo su influjo nació el soneto.
Tengo la sensación de haber eludido la pregunta sobre Jesús planteada en el párrafo anterior. Es cierto que las respuesta son las trescientas semanas que siguen pero no está de más que el lector tenga en cuenta que la última semana, 25 de diciembre del 2008, figura en la sección «Adviento y Navidad» bajo el título Esperando el nuevo nacimiento, página 53.
Y tampoco está demás añadir que el Jesús al que me he acercado semanalmente es, entre otras cosas, una costumbre. Si bien se mira, la fe no es otra cosa que la costumbre de encontrarse con Jesús renovada durante más de dos mil años, y esa costumbre no es otra cosa que liturgia. Creo que, supuesto un momento crítico de la Iglesia, la Iglesia se salvaría no tanto por la teología, la pastoral y otras respetables disciplinas, como por la liturgia. ¿Qué es la Eucaristía sino la afirmación de la costumbre de encontrarse con Jesús?
Hasta hace poco creía que la costumbre mataba la oración y no: la costumbre era, día por día repetida, un insistente hierro que busca la raíz. Paciente voz de hierro, oración cotidiana, padre nuestro llegando poco a poco al cielo interior de cada cual, creando poco a poco el hijo que nace dentro de cada cual, logrando poco a poco anidar la costumbre de ser hermano. Si bien se mira la oración es la costumbre de encontrar a Jesús.
Concluyo en la cuestión inevitable: y todo esto ¿para qué?
No sólo admito la posibilidad de que eso pregunte quien haya leído hasta aquí (¡gracias!) sino que yo mismo me uno a él y me pregunto: todo esto ¿para qué? Por mi parte la respuesta es «No lo sé». No es obligado saber para qué se escribe un libro; pero, eso sí, un fondo de honestidad me lleva a otra pregunta: «entonces ¿qué es esto?» Y ahí va, con mi respeto y gratitud, la respuesta: esto no es un libro de progre protestón y airado. No es un libro de fan excluyente y menos aún exclusivo. Por supuesto no es un libro teológico, o cristológico, o histórico: porque no sabría hacerlo y porque no tiene sentido abundar en publicaciones al respecto crecientemente numerosas. Entonces esto ¿qué es? Un libro. Todo lo más, si se me apura, un libro de poemas. Así lo contemplo en reciente perspectiva. Un libro de poemas modestos pero no mediocres. Un libro para que Jesús sonría; y si, con él, sonríe el lector, mejor para todos.

Luis Cobiella



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